Una reflexión para cada día de Cuaresma: miércoles 8 de abril

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Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso: «¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego?» Ellos se ajustaron con él en treinta monedas. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo. El primer día de los ázimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?» Él contestó: «Id a la ciudad, a casa de Fulano, y decidle: “El Maestro dice: Mi momento está cerca; deseo celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”». Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar». Ellos, consternados, se pusieron a preguntarle uno tras otro: «¿Soy yo acaso, Señor?» Él respondió: «El que ha mojado en la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él; pero, ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!; más le valdría no haber nacido». Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar: «¿Soy yo acaso, Maestro?» Él respondió: «Tú lo has dicho». (Mt. 26, 14-25)

Los discípulos hicieron como Jesús les había mandado y prepararon la cena de Pascua. Así se expresa Mateo.

La tensión diríamos que se corta en este pasaje evangélico donde todo parece afectado por la traición de Judas. Pero nada se detiene, llega la Pascua y hay que prepararla adecuadamente. Así se hace y encontramos luego a los discípulos sentados a la mesa.

Parece que las primeras comunidades cristianas tenían muy grabados estos hechos.

Repetidas veces se pone de manifiesto la debilidad humana en los últimos días de la vida de Jesús. Y, sin embargo, queda claro que estar sentados de verdad a la mesa sin que nuestra mente o corazón se hallen ausentes es la forma de sentir de verdad quién es el que convoca y cómo puesta la atención en El se experimenta que la vida se transforma. Tenemos demasiado tiempo fijada la mirada en nuestros intereses, en nuestro ego. Maestro, ¿acaso soy yo?. Señor, ¿acaso soy yo?

¿No sería mejor una vez sentados a la mesa mirar confiadamente a Jesús? Mirar sin intereses personales, mirar y confiar.

La mesa es un lugar privilegiado para acercar corazones y nos abrirmos a la verdad.

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