Una reflexión para cada día: Tercer domingo de Pascua 26 de abril 2020

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En aquel tiempo, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”. Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?” ́. [..] Entonces Él les dijo: “¡Qué torpes y qué necios sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera estoy entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. [Lc 24, 13-35]

Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida […]

Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, Despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate.

Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma. Dios mío, si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre hielo, y esperaría a que saliera el sol. […] (Johnny Welch, “La marioneta”)

Este poema siempre me hace recordar todos esos tesoros que Dios ha puesto en nuestra vida, no cualquier tesoro, sino de esos que te hacen más rico cuando más los compartes; ni de esos tesoros que se esconden para que nadie los encuentre, porque Dios los ha puesto en cada uno de nosotros, para que nunca nos olvidemos de que los tenemos.

Entonces me planteo si no me habré convertido yo en una marioneta, si entre tanto ir y venir no me habré dejado estos tesoros olvidados entre los apuntes de la universidad o se me habrán perdido corriendo en el metro porque llego tarde, tan ocupada, que ni siquiera me he dado cuenta de que me faltan. Y me pregunto qué pensará Dios cuando me ve desaprovechando así su regalo, si se estará preguntando por qué me enfado por tantas tonterías, o por qué no le digo a la gente que quiero, todo lo que la quiero. Cómo se sentirá cuando me ha dado tanto y yo hago tan poco, y creo que cosas así son su forma de recordarnos que aunque no lo veamos, somos inmensamente ricos. (Testimonio de Bárbara – Comunidad de San Gerardo, Cuaderno de Pascua 2017)

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